Catorce. Magnum

Volví a la realidad, súbitamente sobresaltado por lo que me parecieron unos pasos en el exterior, ya bien entrada la noche. Lo hacía con gran sigilo, pero era indudable que había alguien merodeando en torno a mi guarida. La lluvia de la tarde me había provocado desagradables estragos y el pecho me dolía como si una leona en celo hubiese estado hurgando en él con sus sucias garras buscando mi aterido corazón. Por otra parte, la cabeza me dolía con crueldad inusitada; “maldita resaca” -pensé. Pero lo apurado de la situación requería que no me distrajese con minucias sin mayor importancia. Tambaleándome y completamente a oscuras, fui hasta el dormitorio y rebusqué entre mi somero equipaje mi viejo pero siempre resolutivo Smith&Wettson Magnum 357. Lo había adquirido hacía ya muchos años en una subasta tras haberme enamorado de él al instante de haberlo visto en manos de Harry el sucio.

La tormenta había cesado y afuera lucía una luna llena propia de los mejores versos de un poeta romántico. Tal circunstancia, unida a que en el interior, probablemente debido a un fallo en el suministro eléctrico, reinaba una oscuridad absoluta, me otorgaba una mínima ventaja sobre mi desconocido e inquietante enemigo. O eso, al menos, pensé. Calculo que me tomó una media hora evaluar, sin resultado alguno, la situación en el exterior desde todas y cada una de las ventanas.

Sabía que no era una buena idea, pero qué otro remedio tenía. Así que, finalmente, revólver en mano, salí al porche al grito de “¡QUIÉN COJONES ANDA AHÍ!”. Y allí, tranquilamente sentada en una de las dos mecedoras que flanqueban la entrada, estaba, como siempre esplendorosa, Susan Martin.

-¡Vaya!, Leno -me espetó, entre sonoras carcajadas- tienes un aspecto deplorable.

Estupefacto, no podía articular palabra y en mi aturdida mente sólo había cabida, al modo de una oruga deslizándose corrosiva por su masa encefálica, para aquel insólito sueño, que ya comenzaba a mudarse recurrente, sobre el dinosaurio.

-Veo -continuó- que sigues conservando en perfecto estado de revista tu enorme y anticuado revólver. Hace mucho que no lo usas, ¿verdad? -dijo con voz melosa y un más que evidente doble sentido.

-¿Cómo has podido dar conmigo? -pregunté justo antes de que una tos áspera e incontrolable hiciese que me doblase de dolor sobre el estómago.

-Querido, en cuanto te vi salir tambaleándote y con ese ridículo disfraz de chino, de aquel tugurio de mala muerte, supe que eras tú. ¿A qué otro sino a Ralph Leno se le podía haber ocurrido la estúpida idea de tratar de ocultar su identidad de un modo tan esperpéntico? Más tarde, seguirte fue coser y cantar. Pero hablemos de otras cosas; has vuelto a darle a la Cruzcampo a lo bestia, ¿cierto? No, no deben de irte nada bien las cosas.

-No creas, no puedo quejarme. Y hasta esta tarde, hacía meses, quizás más de un año, que no probaba ni gota -respondí mintiendo y tratando de controlar la cólera que comenzaba a desatarse en mi interior. Y tú, qué, ¿sigues todavía follándote a ese viejo hijo de la gran puta de A.C. Married?

-Oh sí, debes saber que, aunque nada comparado con el tuyo, también posee un enorme y cálido cañón -dijo socarrona-. Aunque ya sólo dejo que me dispare muy de cuando en cuando, ya sabes que me aburre estar demasiado tiempo expuesta de manera exclusiva a la misma artillería. Pero ¿qué te parece si continuamos esta conversación del todo informal, sin interés profesional, ya sabes, en el interior. Creo que no te vendría mal tomar una ducha caliente y ponerte algo más cómodo y seco.

Trece. Trece

Fue como si me hubiesen golpeado con un pesado mazo en pleno parietal haciéndomelo añicos. Estaba anonadado; Nicole había desaparecido de mi vida en extrañas circunstancias y algo en mi interior me decía que no la volvería a ver más nunca.

Siempre que el caos que gobierna el universo me juega una mala pasada, trato de ahogar las penas en alcohol. A primera vista nadie hubiera apostado ni un solo céntimo a que en aquel tugurio de mala muerte pudiesen contar entre su oferta de bebidas con ese capricho de los dioses que es la Cruzcampo Gran Reserva. En poco más de una hora me metí entre pecho y espalda la nada despreciable cantidad de 13 tercios de ese milagroso elixir, legado del Egipto antiguo. “¡Vaya! –me dije cuando, al pasarme la cuenta el tabernero, fui consciente del número total de cervezas que había ingerido en tan corto espacio de tiempo-, sin duda esta es una señal más de que hoy es uno de mis más jodidos días de la mala suerte”.

Los acontecimientos posteriores vinieron a demostrar que no andaba mal encaminado con tal apreciación. En el corto trayecto hacia las montañas –no sé si fruto de la ebriedad o de las lágrimas que empañaban mi mirada- me tragué una curva y fui a estrellar mi ya más que veterano Peugeot 309 contra un enorme roble. Notablemente aturdido por el golpe, tuve que continuar a pie. Comenzó a llover a cántaros. Cuando al fin, tras caer varias veces de bruces sobre el fango, conseguí –más que otra cosa, gracias al azar- llegar a mi aislada guarida, estaba completamente agotado.

Empapado hasta la médula, sólo tuve fuerzas para tumbarme en el sofá. Una vez más me quedé dormido o, para ser más exacto, sumido en un inquieto y febril sopor durante el cual no dejé un solo instante de darle vueltas a la cabeza, en una suerte de alocada recapitulación en torno a los enigmas a los que me enfrentaba.

¿Por qué los de la Agencia habían dado carpetazo con tanta celeridad al espantoso crimen de la SICAV? ¿Qué era lo que, en relación con tan abominable crimen, se había estado cociendo en el italiano de la 3ª con la 5ª, ese que todo el mundo confundía con el de la 2ª con la 7ª? ¿Quién demonios podía ser la misteriosa mujer pantera que vislumbré fugazmente en aquel callejón oscuro junto a uno de aquellos restaurantes? ¿Quién se ocultaba tras la falsa identidad de Marcus F. Logan? ¿En qué maldito lugar tenía su escondrijo? ¿Qué pretendía de mí Teresa Salame nieta? ¿Qué le podía haber sucedido a Pelusa Peter? ¿Qué sórdidos asuntos permanecían ocultos entre las inextricables penumbras del pasado de las otras dos Teresas? ¿Vería algún día publicada mi novela? ¿Y aquel poemario póstumo, cuánto tiempo me llevaría, si es que alguna vez lo lograba, descifrar sus enrevesadas metáforas? Joder, aún no había ido a abonar a L. el poemario que, sin mediar palabra, me llevé apresuradamente de “La Huída”. ¿Quién se me había adelantado en la casa del poeta y, sin duda alguna, se había apropiado del poema o los poemas que no habían entrado a formar parte del poemario póstumo de C.B,? ¿Quizás la misma persona que había estado a punto de sorprenderme allí esa misma noche? ¿Se encontraba en ese o esos poemas perdidos una de las piezas clave que me faltaban para componer tan complejo rompecabezas? ¿Cuál era el nexo de unión entre aquellas dos copias de “El triunfo de la muerte” que dominaban el despacho de C.B. y el picadero de la libidinosa Salame? ¿Quién o quiénes aparecían en la fotografía que había sido sustraída del estudio del finado? ¿Qué había sido de Pirulo? ¿Quién era aquel enorme capo, aquel mafioso odioso, aquel grandísimo hijo de la gran puta con el rostro picadito de viruela? ¿Y Nicole, quién era realmente Nicole, la hermosa y dulce Nicole, mi amada Nicole? ¿Quiénes los impúdicos amantes de Teresa Salame nieta? ¿Por qué leches había decidido regalar un ejemplar de “como gato panza arriba” por cada compra de un lote de embutidos? ¿Quién era aquel misterioso poeta de cuya relación con Teresa Salame abuela había sido invitada a entrar en este patético mundo Teresa Salame hija? ¿Quién fue el origen del despecho que llevó a esta última a suicidarse? ¿Y cuál el motivo de la profunda melancolía que acabó con la vida de su madre? ¿Por qué cojones había soñado con un dinosaurio la noche anterior? ¿Cómo era posible que en aquella taberna sin apenas clientela de Dogville sirviesen Cruzcampo Gran Reserva? ¿Por qué, por qué, por qué me había abandonado Nicole, dejándome sumido en la desesperación y la miseria? Preguntas y más preguntas que no dejaban de atormentarme y para las que aún no había hallado una sola respuesta satisfactoria.

Y luego estaba el embarazoso asunto de Susan Martin. Aquella hija de puta me la había jugado bien. Había destrozado a un tiempo mi corazón y mi prometedora carrera en la Agencia. Tras 13 meses de estar follándome a diario como una posesa, de sus jueguitos con bolas chinas, esposas, vibradores, látigos, nudos filipinos y lubricantes de sabores exóticos, me había ido a poner los cuernos con el mismísimo director de la Agencia, A.C. Married, y gracias a tal infidelidad había terminado ocupando el puesto de coordinador jefe de investigación de asuntos insólitos, cargo que, unas semanas antes, me habían comunicado que yo pasaría a desempeñar en breve. Sí, aquella maldita zorra fría y calculadora, aquella abominable arpía, había utilizado a la perfección sus encantos para liquidar dos pájaros de un tiro; de una parte el competidor, de la otra el amante del que, dada su renombrada promiscuidad, ya parecía haber comenzado a cansarse. Por su causa, ya no me importa confesarlo, abandoné la Agencia y por su causa estuve a un paso de la locura como consecuencia de la suicida adicción a la bebida tras la que quise enmascarar aquel tan doloroso desengaño amoroso. Y ahora que lo creía superado, que lo había borrado de mi memoria, aparecía de nuevo en mi vida con sus largas piernas, sus grandes ojos verdes, su larga cabellera negra como la noche, sus glúteos propios de una Venus Calipigia y aquel magnífico par de tetas operadas.

Doce. Matanza

De un salto, salí de la cama y, a toda prisa, me puse en camino hacia Dogville. Mi intención, más que la de continuar con mis pesquisas, no era otra que la de declarar mi amor a Nicole. A mitad de camino, un hecho insólito me sobresaltó: aún estaba en pijama. Y era un pijama horrible. Tuve que volver a la casa de las montañas; no me parecía presentable desvelar mi amor a la mujer de mis sueños de aquella guisa.

Cuando llegué al pueblucho –que se encontraba literalmente bañado de sangre-, de la primera hasta la última de sus escasas calles estaban tomadas por los de la Agencia. No tuve más remedio que ocultarme; no quería ser descubierto por alguno de mis antiguos colegas y que empezase a hacer preguntas.

Aquella situación era de lo más incómoda; todo mi interior sufría agitado por dos fuerzas contrapuestas, de un lado el deseo irrefrenable por encontrarme de nuevo con Nicole, del otro el miedo a ser visto por aquellos perros de presa sin escrúpulos. Debía encontrar una solución de manera urgente. Entonces recordé aquella tienda de disfraces a la entrada de Dogville, en la que la noche anterior había reparado fugazmente.

Alquilé un disfraz de chino barbudo y con gafas –me quedaba algo pequeño, pero era perfecto para ocultar mi identidad- y me dirigí resoluto hacia el establecimiento de la Salame. Lo encontré cerrado a cal y canto. Eran las 10 y 22 de la mañana. ¿Qué había sucedido durante la noche? ¿Dónde se había metido Nicole? Y, sobre todo, ¿qué demonios pintaba allí Susan Martin, aquella advenediza descerebrada y sin sentimientos, dirigiendo la investigación policial? Debía esquivarla a toda costa y seguir a un tiempo indagando acerca del paradero de mi amada.

Aunque es algo que no viene reflejado en ningún tratado de investigación policial, lo cierto es que, en la práctica, la solución a un buen número de casos criminales termina por alumbrarse en el más insospechado tugurio de mala muerte.

La taberna de Dogville estaba desierta. A los de la Agencia, tan acostumbrados a seguir estrictamente lo establecido en los protocolos al caso, ni se les había pasado por la imaginación que aquel antro sucio y maloliente podía ser una excelente fuente de información.

Allí supe que, unas dos horas antes del amanecer, la mafia había irrumpido en el pueblucho y, antes de que el primer rayo de sol rasgase el velo tenebroso de la noche –¡vaya frase!, no me negarán que es digna hasta del mismísimo C.B.-, había acabado a golpe de ametralladora con la vida de todos y cada uno de los cerdos sobre los que, como creo haber referido anteriormente, se sustentaba la economía de Dogville.

–¡Malditos criminales! –se quejaba amargamente el tabernero-, con el tiempo se han ido volviendo más y más crueles. Antes, al menos, te descerrajaban un tiro y podías descansar para siempre. Pero ahora no, ahora te quitan todo lo que tienes y te dejan, ¡inmisericordes!, hasta el fin de tus días sumido en la miseria.

Y lo peor de todo era que aquella terrible matanza estaba de algún modo relacionada con Nicole. Nicole, mi amada Nicole, pertenecía a la Familia y, tras la dantesca hecatombe acontecida durante la noche, había abandonado Dogville del brazo de un enorme capo con el rostro picadito de viruela.

Once. Las 3 teresas

Tras aprovisionarnos de todo lo necesario para una buena cena, salimos por una puerta trasera que daba a un callejón estrecho y oscuro, con la intención de no ser vistos.

Cuando llegamos a la casa de las montañas, Nicole –o Gracia Margarita, si así lo prefieren-, inesperadamente, prorrumpió en sollozos. Debía tener entre 20 y 25 años y, por sus maneras y erudición –que demostró sobradamente en el trayecto desde Dogville-, no cabía duda de que había recibido una esmerada educación de tipo humanista. Estaba preciosa con los ojos empañados por las lágrimas.

Cuando se calmó, me relató que había llegado a Dogville huyendo de la justicia. Evadió sutilmente mencionar los motivos. Le pareció un buen lugar para ocultarse y decidió quedarse. Tras un breve periodo en el que sobrevivió haciendo de cuando en cuando tareas domésticas a precio de saldo, Teresa Salame le ofreció el puesto de dependienta en su negocio a cambio de techo, cama y el 50 % de las propinas. Nicole aceptó; un plato de comida y una cama seguros, siendo tan poco, mejorarían notablemente las precarias condiciones de las que adolecía desde su llegada al pueblucho.

Teresa Salame era una mujer aún joven –hecho que me sorprendió; por el timbre de su voz, la había imaginado como una señora ya muy metida en años-, como mucho 40. Su abuela, Teresa Salame, había llegado hacía ya muchos años portando tan sólo por equipaje una recién nacida en los brazos, Teresa Salame, y terminó afincándose para siempre en Dogville, llegando a amasar una gran fortuna –era dueña de al menos un 50 % de todo el negocio relacionado con el sector del porcino de la comarca-, que ahora, tras su fallecimiento, a causa de, según las murmuraciones, una profunda melancolía, pertenecía a su nieta, Teresa Salame. Hija y nieta habían tomado su primer apellido del de la abuela al no haber sido reconocidas por sus respectivos padres.

Tersa Salame hija –que se suicidó por despecho en las proximidades de Milán, arrojándose a las vías del tren al paso de un mercancías- era el fruto de una breve pasión amorosa entre la matriarca de la saga y un poeta español al que conoció en cierta sociedad poética radicada en Brooklyn unos años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial. Él –se llego a especular que, tal vez, como consecuencia de sus radicales convicciones anarquistas- la abandonó cuando supo por un tercero de su embarazo, y desapareció de su vida para siempre.

Teresa Salame nieta, protagonista de frecuentes escándalos sexuales en Dogville, era, según Nicole, una mujer de gran belleza, que, no obstante, por su modo de vestir y maquillarse, podía pasar perfectamente por ser una anciana decrépita. Su carácter era agrio y trataba a vecinos, empleados y amantes- con despotismo y soberbia. “Es normal –se decía-, nunca pudo superar las tragedias sufridas primero por su madre y después por su abuela, y era su modo de tratar de vengarse del mundo”.

Tras dos horas largas de sollozos, durante las cuales sin poder llegar ni a imaginarlo, me fue desvelando algunas e interesantes incógnitas acerca del asesinato de C.B .-, se quedó profundamente dormida. La llevé hasta la cama y, tras arroparla con mimo –en ningún momento llegó a desvelarse-, me fui a dormir en el sofá. Era terrible, ya no me bastaba con descansar. Ahora, también, me estaba habituando al peligroso e inútil ejercicio de dormir.

Tuve un extraño sueño en el que cuando despertaba, el dinosaurio todavía estaba allí. Al día siguiente lo relacioné con algo que creía haber leído hacía tiempo. La que no estaba cuando, bien avanzada la mañana, realmente desperté, era Nicole; debió marcharse sigilosa de amanecida. Sentí que no hubiésemos consumado la pasión que hacía sólo unas horas casi nos había consumido.

Diez. Nicole

Perplejo hasta la médula, no daba crédito a lo que estaba sucediendo. ¿Cómo una lenteja lanzada al azar sobre un viejo mapas de carreteras, en lugar de alejarme por unos días de aquel caso que ya estaba próximo a alcanzar la categoría de calvario, podía haberme lanzado de bruces sobre lo que podía ser el meollo de tan inextricable galimatías?

Trate de pensar con frialdad. No, aquella tal Salame no tenía por qué ser la Teresa que había irrumpido de manera inexplicable y tan enigmática en la intimidad de mi contestador. Ni aquel establecimiento en el que se vendía comida para gatos, en un pueblo donde los felinos estaban proscritos, debía estar por fuerza relacionado con Pelusa Peter ni con Pirulo. ¡PIRULO! ¡Había olvidado por completo mi último descubrimiento en la casa del difunto poeta! Pero esto ahora no tenía importancia. Ahora lo esencial era descansar de todo aquello. Sí, Ralph Leno, ese detective infalible que llevaba a gala no descansar jamás, ahora penaba -¡y de qué manera!- por al menos un par de días de descanso.

No, definitivamente, era prácticamente imposible que en Dogville, tan aislada y provinciana, hubiese alguien o algo que tuviese que ver con el asesinato de C.B. Ya sólo quedaba entrar al establecimiento de Teresa Salame para abastecerme de lo necesario y regresar de inmediato a mi retiro en las montañas.

Fue un mazazo. Pensé que mi cabeza iba a estallar. Allí, en el escaparte, junto a un amplio muestrario de quesos, embutidos y, cómo no, comida para gatos, un sinfín de ejemplares de “como gato panza arriba –poemario inacabado-”.

“LLÉVESE, CON SU LOTE DE EMBUTIDOS,

UN EJEMPLAR DE LA OBRA PÓSTUMA DE C.B.

OFERTA VÁLIDA HASTA FIN DE EXISTENCIAS”

De dos zancadas, irrumpí en la diabólica charcutería como un elefante en un bazar de Marrakech, dispuesto a sacarle a la Salame hasta la última gota de información. Pero, cuando la vi, tras detenerme en seco, sólo pude balbucir con mansedumbre:

–Perdón, ¿Teresa Sa… Teresa Salame?

–No, la señora marchó hace algo más de tres meses a la capital y, desde entonces, no hemos vuelto a saber nada de ella. No es la primera vez, ¿sabe?

Dijo llamarse Gracia Margarita, pero podía haber pasado perfectamente por hermana gemela de Nicole Kidman, de la que yo estaba locamente enamorado –uno de esos amores imposibles e impensables de cine- desde que la vi en aquel largo y escalofriante primer plano de “Birth” en el que interpretaba a Anne en la ópera.

Dada la mezcla de estupefacción e irrefrenable deseo que me embargó al contemplar a aquella Venus de mis sueños, no podría relatar como sucedió, pero lo cierto es que poco después, en tanto nos besábamos apasionadamente, me encontré subiendo junto a Nicole –no puedo evitar el uso de esta inocente licencia- las estrechas escaleras que conducían a una estancia en la que, al parecer, la Salame daba rienda suelta a todo tipo de perversiones sexuales.

–Oh no –exclamó-, aquí no, aquí no puedo; la maldita bruja estuvo sin duda aquí la pasada noche, ¡apesta!, ¿no percibes su asqueroso hedor impregnándolo todo?, es nauseabundo.

Asentí. Pero lo cierto es que sólo pude oler una, aunque muy leve, agradable fragancia a jazmines. Lo que sí llamó poderosamente mi atención fue aquel papel pintado, idéntico al que ya había visto anteriormente en mi furtiva visita a la casa del poeta. Y el cuadro, aquel terrorífico cuadro –El triunfo de la muerte-, dominando toda la habitación, sobre el cabecero de la cama.

Nueve. Dogville

Cuando volví a casa estaba empapado en sudor. Un sudor frío y pegajoso sin duda infundido por el hecho de haber estado a punto de ser descubierto husmeando en la casa del poeta. Era incapaz de ordenar mis pensamientos y llegué a creer firmemente que de un momento a otro el corazón  se me escaparía desbocado y a pedazos por la boca. Sufrí lo que algún tiempo después supe había sido un ataque de ansiedad. Cuando, sin lograr calmarme del todo, pude dominar suficientemente mis nervios, en lo único que pensaba era en escapar de allí. Sí, necesitaba alejarme por unos días de la ciudad.

Tras algo más de una hora buscando en la red de redes un lugar tranquilo en el que pasar el fin de semana, no había encontrado nada interesante. “Es inútil –me dije-, las búsquedas en la web nunca han sido lo mío”. Tomé un viejo mapa de carreteras, lo extendí sobre la mesa y le lancé encima una lenteja. Cayó en medio del océano. Repetí la operación: Dogville. Dogville, un pueblo perdido en las montañas del que no había escuchado hablar en mi vida. “El lugar ideal” –pensé.

Tras someterme de nuevo a la tortura de internet logré la información suficiente sobre posibles alojamientos. No me costó mucho decidirme. Una vetusta casa de campo en mitad de la nada a, según mis cálculos, unos cuatro o cinco kilómetros de Dogville. Era perfecto, el lugar tranquilo y apartado que necesitaba para terminar de recuperar el control de mis nervios. La reservé para tres días por teléfono y, tras preparar con premura un ligero equipaje, partí sin más.

“Bienvenido a DOGVILLE, ciudad libre de felinos.” Simpático aquel particular cartel de carreteras que me avisaba de que estaba a punto de llegar a mi destino. Me desvié, tal y como me habían indicado por teléfono, justo antes de entrar en el pueblo –porque, ciertamente, el término ciudad le venía muy grande a aquel lugar de mala muerte-, y tomé el camino que me había de llevar al lugar de mi anhelado retiro. No tenía pérdida. Las llaves estaban puestas; ni un alma vino a recibirme.

Nada más llegar reparé en que no había llevado conmigo ni un triste mendrugo de pan que llevarme a la boca. Tendría que bajar a Dogville.

Dogville era, no está de más repetirlo, un pueblucho de mala muerte carente de color, y de una austeridad rayana en la carencia. Su economía, lo supe al primer vistazo, estaba basada exclusivamente en la ganadería y, más concretamente, en la de carácter porcino. Igualmente constaté que, dada la hora -eran las 10 menos 10 minutos de la noche-, lo más probable es que no encontrase abierto un lugar donde poder abastecerme de lo imprescindible para cenar esa noche. Y entonces lo vi. Allí estaba desafiante aquel anuncio luminoso que iba a desatar de nuevo mis nervios.

TERESA SALAME

Embutidos varios y comida para gatos

Abierto los 365 días del año de 10 am a 10 pm

Cerrado los 29 de febrero por descanso del personal

Ocho: Mugre

Decidí esperar a la noche para deslizarme como un felino hasta la casa del poeta. F. Logan, Teresa -si es que no eran la misma persona-, ya eran demasiados los que estaban al tanto del motivo de mis pesquisas, y no quería correr el riesgo de ser visto para no levantar de nuevo la liebre.

Una vez allí, comprobé que, pese a estar cerrado oficialmente el caso hacía ya más de un mes, los precintos policiales aún no habían sido retirados. No me sorprendió; los de la Agencia siempre habían sido unos incompetentes chapuceros. Por eso la dejé. Por eso y por aquel sórdido asunto… bueno, mejor no remover las cloacas del pasado.

No me costó mucho acceder al interior de aquel particular Parnaso tan sucio y desordenado como fascinante. Era un estudio de no más de 30 metros cuadrados, con las paredes cubiertas por un espantoso papel pintado con flores azules sobre fondo amarillo, comido por la mugre. Aunque, a decir verdad, aquel papel pintado sólo se dejaba ver en una de las paredes de la estancia principal, de la que, como únicos motivos decorativos, colgaban un cuadro -El triunfo de la muerte, de Pieter Brueghel el Viejo- y dos viejas fotografías del poeta en blanco y negro. El resto permanecía oculto tras vetustas estanterías de pino, cargadas de libros, que iban desde el piso hasta el techo. Por lo demás, tan sólo una mesa de escritorio con un ordenador personal, varios lápices y cuadernos, un cenicero, un sinfín de folios sueltos y revueltos, y un flexo metálico, única iluminación con la que contaba la estancia.

Enseguida supe que alguien se me había adelantado y que allí no encontraría lo que andaba buscando. No fue el desorden, eso, no me cabía duda, debía ser algo habitual en el santuario del poeta. Fue aquel rectángulo impoluto en medio de la cochambre de la pared. Alguien se me había adelantado y, junto con quién podía saber qué otros objetos y manuscritos -¡el poema!, me dije desolado-, se había llevado aquel cuadro o fotografía que faltaba.

No obstante, continué con mi inspección. El, por llamarlo de algún modo, dormitorio del poeta, era un cuchitril de 3 x 2.5 metros con un catre de 70 x 1.80 y un armario contrachapado de dos puertas. Nada más, ni una triste lámpara. El baño, una ratonera nauseabunda con lavabo, plato de ducha y váter, todo ello de un color imposible de determinar a causa de la mugre añeja que los cubría por completo, y un pequeño armario sobre el lavabo con el espejo roto.

Ya sólo me quedaba la cocina, un estrecho y desolado callejón sin iluminación artificial ni ventana, con nada más que un fregadero de un sólo seno, un pequeño frigorífico -de esos que suele haber en las habitaciones de los moteles- y un armario de dos puertas en el que, junto a un somero menaje de cocina, tan sólo había una bolsa de 5 kilos de comida para gatos.

La inspección del armario se vio interrumpida por unos pasos que avanzaban hacia la covacha del poeta subiendo por la escalera de incendios. Debía salir de allí de inmediato. Pero en mi apresurada huida tropecé con algo en lo que, dada la oscuridad reinante, no había reparado: un comedero para mascotas de aluminio con un nombre grabado: PIRULO.